Fuimos juntos, mi gatito de chesire y yo. Traté de evitar juzgarlo, pero evidente era que la culpa de esto, era de él. Lo importante, a esa altura, era evitar darle más razones al vaticinio y que la curiosidad, por esta vez, no matara a mi gatito.
¿Qué tenemos? fue lo que le pregunté como envalentonándome entre tanta desorientación. Me miró, pero sólo eso. Mi gatito de chesire sólo habla cuando es estrictamente necesario: llegarás a alguna parte, me dijo una vez, sólo si caminas lo suficiente. Para cuando terminé de formularle un ¿y si no? Él ya se había vuelto sólo sonrisa. Hasta ahora, le vengo creyendo todo: me ha desplegado tantas veces, como un mapa, preguntas que son soluciones, respuestas que son el principio de las cosas.
O sea que tenemos, empecé a decir yo, hablando por los dos porque el plural alivia, siempre en medio del caos: el plural alivia. Y enumeré nuestros poderes.
Sabíamos dos cosas: que ya estábamos en tierras de la Noosfera, la primera. Que la única manera de salir era descubriendo su lógica, la segunda.
Menuda tarea, gatito, pensé yo pero no le dije. Gato con orejas invisibles ¿escucha?
La Noosfera opera con sus propias reglas. Puede volverse imprevisible de una habitación a otra, puede variar su paisaje, trasladarnos, engañarnos, ocultarnos la verdad, transformarla. La Noosfera es la tierra donde la línea que divide a la maravilla del peligro es tan delgada que hasta un movimiento delicado podría romperla: y nosotros con esta torpeza, pensé, atándome los cordones por las dudas.
Miramos desde lejos el palacio. Parecía un templo: hay estructuras tan perfectas en su apariencia que tocarlas resulta una idea avara. Desde lejos vimos dos partes bien definidas: en una sus habitantes leían. En la otra, escribían. Expresión máxima de la industria de la lengua entregada a los brazos del fordismo: entre sí, ni se miraban. Un paredón altísimo separaba a ambos grupos.
¿Están presos? Pregunté a nadie. Mi gatito ya no estaba conmigo.
Me acerqué. Era la única manera de entender algo de todo esto y al fin, quizás, salvarnos.
Comencé a escuchar un extraño murmullo: mezcla de arrullo de olas y autopista. Los habitantes se dividían en grupos. Y a veces leían en voz alta. Antiguos, pensé. Y a veces leían en silencio, solos, privados. Qué modernos. Qué románticos. Necesitaba acercarme más y poder escuchar qué leían, qué estaban haciendo en realidad. Y descubrí aterrorizada que el palacio, templo mezquino, no tenía puertas. De pronto, como aparece siempre el terror (de pronto), supe que ellos estaban allí atrapados pero eso no era lo peor: no había manera de que yo entrara en contacto. Los de afuera, pensé, estaremos siempre afuera.
Pero había algo que me resultaba incongruente: el palacio, templo mezquino, estaba en tierras de la Noosfera, como yo. Y, también como yo, estaba sujeto a la manipulación de los saberes a los que tenía cautivos. ¿para qué estaba todo lo de afuera? Los libros, las lapiceras, los papeles en blanco. ¿por qué afuera tanto movimiento y adentro, todo tan quieto? Por un momento me pareció que era más ficción lo de adentro que lo de afuera. Pero una brisa me despejó la idea. Por las dudas anoté. Si hay algo que me enseñó mi gatito de chesire es que las preguntas se transforman en respuestas, sólo hay que caminar lo suficiente. Así que anoté y seguí caminando.
Me asomé a la ventana y pude ver, por fin, con algo más de claridad. Los habitantes eran saberes. ¿Qué son? Seres esquivos, pero moldeables, como las palabras. Que sean o no amigables depende de las manos que los traten. Y si bien yo los creía presos, al acercarme pude ver que no estaban encadenados. Se movían en la gran habitación como peces en una pecera. Pero todos, sin excepción, evitaban acercarse demasiado a los bordes. Podrían huir por las ventanas, ninguna tiene vidrio, son meros huecos cuadrados, toscos, abiertos. Así, atrapados en esa simulación de libertad, con movimientos torpes, leían. Por momentos se preguntaban unos a otros: ¿y vos, tenés las características del caballero? Sí, le respondía el del frente: tengo. Y seguían caminando, como autómatas.
¿Qué significa eso? ¿será una clave? ¿anoto? Y mi gatito de chesire que no aparecía. Por qué tan sola, pensaba yo, justo ahora que es el principio y es de noche.
Los autómatas de las preguntas y la única respuesta
En la esquina de la habitación, sobre una alfombra de papeles en blanco, un grupo de saberes-autómatas intercambiaba preguntas. Interpretar ese juego era una tarea ardua pero la cosa era más o menos así:
Un autómata posee en sus manos un papel que contiene una respuesta. Cuando se cruza con otro autómata, le pasa el papel, pero ninguno de los dos lo mira. Circulan sobre la alfombra de papeles en blanco, caminando sin chocarse. Apenas y sólo a veces se rozan, pero nada más. Ninguno, indefectiblemente, cruza el límite de la alfombra. Ambos repiten, como un mantra, una pregunta. Y cada autómata repite, plegaria, una pregunta diferente. Pero entre sí no se oyen. Han acordado que el sólo hecho de pertenecer a la misma alfombra, los une. Y nada más.
A mí la pregunta que me atormenta no es por qué no se hablan, por qué no se tocan, por qué no miran de una vez el papel que contiene la respuesta. Lo que me enloquece es esa parva de papeles sin usar, pisoteados, como si fueran nada.
El juego, evidentemente, consiste en resistir. Mantener el arrullo, mitad océano, mitad autopista, en esa formación coral de preguntas: y nunca, jamás, ni mirar el papel ni dejarlo caer. Un papel escrito, en esa enorme alfombra en blanco haría estragos. Los autómatas, sumisos, juegan.
Los autómatas dueños de lo evidente
Inmediatamente detrás del grupo de autómatas de las preguntas y la única respuesta, al margen, diría, hay un grupo raro y chiquito. Con chiquito no me refiero a que son pocos: me refiero a que son chiquitos de tamaño. Ellos, más que rezar preguntas y esconder respuestas, las evidencian. Al contrario de sus compañeros, están quietos, quietísimos. Y en esas ropitas llenas de letras dicen algunas cosas. Muchas de las cosas que dicen, chismosos, se refieren a sus compañeros preguntones. Pero como los preguntones sólo se consideran a sí mismos, de nada les sirve tener al lado a estos chiquitos, quietitos y repetidores de lo evidente. Además, los preguntones anhelan llegar a las cajas (que cuidan otros autómatas) y serían capaces de ignorar todo aquello que se atraviese si las autoridades fantasmas se los permitieran.
Su presencia silenciosa en la habitación es casi imperceptible. Son los bordes, los márgenes, la corrección política inevitable. Pobrecitos, solitos.
Los simuladores
Este sí que es el grupo más raro. Porque resulta que los autómatas simuladores no hablan. Pero eso no es raro, porque como autómatas lectores podrían perfectamente estar en silencio mientras leen. Lo raro, lo curioso, es que ellos están sentados frente al libro abierto, pero no lo leen. Mueven, sin embargo, los ojos de un lado a otro, como recorriendo la línea escrita. Simulan, cobardes, que leen, pero no leen. Dan vuelta las páginas de a una, cada tanto.
Los autómatas que son espejo de los simuladores
Al lado de cada simulador se sienta otro autómata, vestido igual y casi casi con la misma pose. Estos autómatas, espejo de los simuladores, se diferencian de ellos por una única cualidad: leen. Sentados a su lado, reflejo fiel, poseen en sus manos el mismo texto que sus pares, abierto en la misma página. Sin embargo, sus ojos (imitadores del movimiento de los ojos de sus pares) recorren el texto leyéndolo.
Desde la ventana traté de ver qué era realmente lo que diferenciaba a uno de otro. Sólo preguntas vinieron a mí y una obsesión frenética por el detalle de estos autómatas. Después de mucho mirar lo supe: los simuladores, tristes, no pueden elegir. Los que eligen, son sus espejos.
Los autómatas que cuidan celosamente unas cajas
En el final de la habitación un grupo de autómatas cuida celosamente unas cajas. Adentro, al parecer, hay definiciones. ¿cómo lo sé? Porque lo que sucede con estas definiciones es una de las cosas más inquietantes que yo he visto en tierras de la Noosfera. Paso a relatar los hechos tal cual ocurrieron:
Colgada yo de la ventana, espía eficiente y dolorida de tanto estar en puntitas de pie, pude ver cómo todos los autómatas de la habitación (los saberes de las preguntas y la única respuesta, los dueños de lo evidente, los simuladores y sus espejos) en algún momento de su lerdo peregrinar miran fijamente las cajas. Los guardianes de las cajas tienen una particularidad: ellos y su preciado tesoro están en el final de la habitación. Cada caja posee un pequeño agujero en uno de sus lados. Y la única manera de acceder a su contenido es llegar hasta las cajas, agacharse, afinar uno de los dos ojos y ahí sí ver, finalmente, qué es lo que adentro se define. Parece simple, pero la lógica de la habitación ha sido trazada por la mano maestra de las temibles autoridades fantasmas y su arquitectura responde a sus caprichos. Para llegar a las cajas hay que atravesar a los autómatas de las preguntas y la única respuesta, a los dueños de lo evidente y a los simuladores y sus espejos. Esta delicada arquitectura hace imposible llegar al final de la habitación y a sus cajas si no se atraviesan antes estas cuatro zonas.
La habitación de al lado
Lo que diferencia a la habitación de al lado de la de los autómatas lectores, es que estos escriben. ¿Qué escriben? Acá está lo interesante. Mientras que los autómatas lectores se la pasan leyendo y tratando de entender qué hay dentro de cada texto, en la habitación de al lado los autómatas escritores se la pasan espiando cómo escriben los que escriben. Y los que escriben son algunos representantes de las autoridades fantasmas. Presencias inquietantes que hay que respetar. Enviados, a veces voluntarios y a veces no. Y a partir de lo espiado, describen cómo, cuándo, por qué y de qué forma se escribe lo que se escribe. En cada uno de los sectores de la habitación, atrapado en una gran pecera, flota un texto. Sí, flota. Ese texto es mirado atentamente por los autómatas escritores y una vez mirado bien, anotan en sus libretas cómo es, cómo dice lo que dice, cuándo empieza, cuándo termina y qué lo diferencia de los otros textos flotantes. Son autómatas raros, saberes que se trasladan de una pecera a otra llenando libretas, como recorriendo un museo frágil, muy frágil. Cada vez que una libreta se llena de palabras, el autómata se enfrenta a un dilema: repetir o transformar. Ambas puertas, una al lado de la otra. La puerta para transformar está cerrada. Por más que el autómata lo intente, esta puerta no ha de abrirse jamás. Pero las reglas dictan que hay que atravesar una puerta con toda esa escritura, así que el autómata, destino elegido por otros, atraviesa la puerta, y pasa a repetir.
Lo curioso de esta habitación es que su forma de funcionamiento, trae consecuencias terribles en territorios de la escritura de ficción.
Las cosas terribles que suceden en territorios de la escritura de ficción
Antes que nada debo aclarar en el mapa de las tierras de la Noosfera algo imprescindible: buena parte del territorio que rodea al palacio, templo mezquino, donde se cuecen las habas de la lengua, el habla y la escritura, está conformado por la escritura de ficción. La escritura de ficción, paisaje vasto si los hay, rodea al palacio con generosidad. Le da color, talla sus contornos con maestría, no decora: narra el espacio que contiene al templo mezquino de las tierras de la Noosfera.
Fuera del palacio, este territorio de la escritura de ficción me albergaba. Y allí mi gatito de chesire se movía con plena naturalidad. Él, a veces invisible, a veces no, sabe de lo que hablo cuado digo que las cosas, a medida que fui recorriendo desde afuera las habitaciones del palacio, comenzaron a cambiar.
Para ser estricta, para ser precisa, para decir las cosas tal cual sucedieron frente a mí: cada vez que un autómata escritor traza al menos una letra en su libreta, una parte del territorio de la escritura de ficción muere.
Sí, muere.
Por qué hay partes del territorio de la escritura de ficción que mueren
Y nadie lo puede evitar. Las cosas inevitables que suceden en tierras de la Noosfera están signadas por las autoridades fantasmas. Sus autómatas cumplen sumisamente estos destinos. Y los visitantes temporales, turistas, sólo podemos elegir entre ver y no ver.
En territorio de la escritura de ficción viven las invenciones. Y las invenciones se alimentan de dos cosas: una de ellas son los textos que flotan en las peceras, pero como están cerradas, nada pueden obtener las invenciones. Porque las invenciones, como entidades sagradas que son, sólo pueden alimentarse de textos que puedan ser tocados. El sólo verlos, no les basta. La sola contemplación, para las invenciones, es equivalente a su muerte. La otra es el acceso al extraordinario almacén de la memoria. Y el almacén de la memoria, en estas particulares tierras de la Noosfera, está cerrado. Y abandonado. Lleno su interior, humeando posibilidades, el almacén de la memoria yace apartado bajo la sombra réproba de las autoridades fantasmas. Algunas leyendas, albergadas en la triste realidad, cuentan que más de una vez fue forzada la puerta del almacén. Las leyendas aluden a unos lectores, trajeados de valientes, armados de valor. Pero muchas de las invenciones, desde ese entonces, no han vuelto a pronunciar palabra.
El exilio de los lectores polimorfos
La triste realidad indica que todo aquel que haya entrado en tierras de la Noosfera y visitado el palacio, templo mezquino, donde se cuecen las habas de la lengua, el habla y la escritura, está destinado al exilio. Si uno afina el ojo, puede ver a esos lectores polimorfos, vagabundos, en las fronteras de la Noosfera. Exiliados sin más destino que el de repetir, como un mantra, lo visto en aquel peligroso territorio. Fronterizos, nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, marcan una línea indeleble en el mapa de los derrotados.
De cómo hacerse invisible no es desaparecer
¿Habría ya caminado lo suficiente? Llegaba por fin el alba, coloración y temperatura únicas. Una sensación particular comenzaba a ocuparme: algo me había sido revelado. Pero ¿y si ese algo no lo era todo? Tomé una vez más mi libreta y anoté: “Pero, ¿y si este algo no lo es todo?”. Automáticamente, trazado el punto último del signo de interrogación que da por terminada la pregunta, algo pasó.
Primero la sonrisa, después el resto de lo que lo hace gato. Verlo me hizo sentir menos desamparada en las fronteras de las tierras de la Noosfera.
Volviste, le dije.
Nunca me fui, dijo él, sólo que hace rato que no sonreía.
Tangible, ya fuera de aquel palacio, templo mezquino, donde se cuecen las habas de la lengua, el habla y la escritura, me era revelado lo más importante.
No era mi gato el que aparecía: la que se hacía invisible, era yo.
florencia
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