viernes, 25 de noviembre de 2011

virginia y una carrera loca y una larga historia

Reescritura lúdico- metaléptica

(con propuestas para lectores de 6 a 99 años)

No es este un capítulo cualquiera, atento lector de Alicia en el País de las Maravillas. Verás que, conforme avanzas con la lectura, algunos momentos necesitarán de tu valiosa intervención. ¡Sigamos entonces con la historia! Habíamos quedado en que Alicia y el ratón salían del estanque, y él se disponía a explicarle su temor a perros y gatos:

El grupo que se reunió en la orilla tenía un aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo pegado al cuerpo, y todos calados hasta los huesos, malhumorados e incómodos.

Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más natural encontrarse en aquella reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los conociera de toda la vida. Sostuvo incluso una larga discusión con el Loro, que terminó poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que «soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor». Y como Alicia se negó a darse por vencida sin saber antes la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación.

Uno de los animales, que gozaba de cierta autoridad en el grupo, puso orden en la situación. ¿Quién habrá sido? Para saberlo no deberás más que retrotraerte al comienzo de este capítulo, y la respuesta la encontrarás en aquel que prometía una explicación. ¡Seguramente lo adivinaste! Ese mismo, entonces, gritó al resto del grupo:

¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Os aseguro que voy a dejaros secos en un santiamén!
Todos se sentaron pues, formando un amplio círculo, con el Ratón en medio.

Alicia mantenía los ojos ansiosamente fijos en él, porque estaba segura de que iba a pescar un resfriado de aúpa si no se secaba en seguida.

¡Ejem! carraspeó el Ratón con aires de importancia, ¿Estáis preparados? Esta es la historia más árida y por tanto más seca que conozco. ¡Silencio todos, por favor! (Te pido que hagas silencio tú también, cuanto menos hasta que termine de hablar el ratón. Y que prestes mucha atención a cómo se presenta el siguiente diálogo ¿A qué, exactamente? Mira, sí, mira, además de escuchar, cómo se expresan, por un lado el ratón, por otro sus interlocutores):

«Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitaban un jefe y estaban ha tiempo acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo Y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría...»

¡Uf! graznó el Loro, con un escalofrío.
Con perdón dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesía. ¿Decía usted algo?
¡Yo no! se apresuró a responder el Loro.

Pues me lo había parecido dijo el Ratón. Continúo:

«Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su favor, e incluso Stigandio, el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente...»

¿Encontró qué? preguntó el Pato.


Encontrólo repuso el Ratón un poco enfadado. Desde luego, usted sabe lo que lo quiere decir.
¡Claro que sé lo que quiere decir! refunfuñó el Pato. Cuando yo encuentro algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo que quiero saber es qué fue lo que encontró el arzobispo.

El Ratón hizo como si no hubiera oído esta pregunta y se apresuró a continuar con su

historia:

«Lo encontró conveniente y decidió ir con Edgardo Athelingo al encuentro de Guillermo y ofrecerle la corona. Guillermo actuó al principio con moderación. Pero la insolencia de sus normandos...»

¿Has encontrado, atento lector, alguna coincidencia con algún texto o similar ya visitado por ti? Es posible (aunque no seguro) que ya lo conozcas, tanto en su versión narrada como en su versión de historieta (que es la que en algún punto se conecta con este diálogo). Si lo has hallado, ¡bravo!, caso contrario, no te aflijas, que el ratón sigue hablando y debemos seguir escuchándolo.

¿Cómo te sientes ahora, querida?continuó el ratón, dirigiéndose a Alicia.

Tan mojada como al principio dijo Alicia en tono melancólico. Esta historia es muy seca, pero parece que a mí no me seca nada.

En este caso dijo solemnemente el Dodo, mientras se ponía en pie, propongo que se abra un receso en la sesión y que pasemos a la adopción inmediata de remedios más radicales...

¡Habla en cristiano! protestó el Aguilucho. No sé lo que quieren decir ni la mitad de estas palabras altisonantes, y es más, ¡creo que tampoco tú sabes lo que significan!

Y el Aguilucho bajó la cabeza para ocultar una sonrisa; algunos de los otros pájaros rieron sin disimulo.

Lo que yo iba a decir siguió el Dodo en tono ofendido es que el mejor modo para

secarnos sería una Carrera Loca.

¿Qué es una Carrera Loca? preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como esperando que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada.

Bueno, la mejor manera de explicarlo es hacerlo.

(Y por si quieres hacer también una Carrera Loca cualquier día de invierno, voy a contarte cómo la organizó el Dodo. O, pensándolo bien, estimado lector, te propongo un divertimento para por fin saber cómo es una de estas competencias. Búscale un orden a este revoltijo de frases incompletas, y podrás imaginarte una de aquellas extrañas competencias).

punto de llegada, Igualmente, en algún momento, Una carrera de revoltijo no

Sólo hay que señalar dónde será todos echarán a correr. y, sin mediar indicación,

tiene orden alguno. avisa que Como no tiene ya ha finalizado.

quien la organiza, cada uno para cuando quiere.

Y así fue como transcurrió esta carrera. Cuando llevaban corriendo más o menos media hora, y volvían a estar ya secos, el Dodo gritó súbitamente:

¡La carrera ha terminado!
Y todos se agruparon jadeantes a su alrededor, preguntando:
¿Pero quién ha ganado?

El Dodo no podía contestar a esta pregunta sin entregarse antes a largas cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con un dedo apoyado en la frente (la postura en que aparecen casi siempre retratados los pensadores), mientras los demás esperaban en silencio.

Para adivinar el ganador,

Deberás pensar,

Estimado lector,

En quién propuso carrerear

Mas una vez que ubiques

Su nombre y sin dudar

Cambia la inicial por ‘t’ y fabrica, así de simple,

Algo nuevo al ‘s’ al final agregar

¿Has encontrado al ganador? Volvamos entonces a la historia, que los participantes están ansiosos por saber y recibir su premio.


Por fin el Dodo dijo:
Como todos hemos ganado, todos tenemos que recibir un premio.
¿Pero quién dará los premios? preguntó un coro de voces.
Pues ella, naturalmente dijo el Dodo, señalando a Alicia con el dedo.
Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alicia, gritando como locos:
¡Premios! ¡Premios!

Seguramente querrás saber cuáles son los premios que se entregaron a continuación. También serás merecedor de algunos si emprendes una nueva aventura en esta historia, en la que tu intervención, ya ves, importa tanto como la de cada uno de los personajes.

Respondiendo estas preguntas sabrás cuál fue el premio que correspondió a todos. ¿Cómo? Cada respuesta será una sílaba de la palabra a adivinar, y una vez que las obtengas, solo restará ordenarlas.

1) El mencionado “Guillermo” en lo que va del capítulo, llevaba un título consigo. La primera de las sílabas de aquel te servirá para obtener una de las sílabas que buscas.

2) El aguilucho protestó por las palabras “altisonantes” del Dodo. Es la última sílaba de semejante calificativo otra de las que te servirán para armar el premio.

3) Si ubicas el elemento común de estas palabras, otra sílaba encontrarás: fiesta, confío, fideo, anfiteatro, prefijo, sofisticado, afilador.

¿Las has podido encontrar y ordenar, esmerado lector? Ahora verás cómo continúa la repartija y la consumición de premios.

Alicia no sabía qué hacer, y se metió desesperada una mano en el bolsillo, y encontró una caja de confites (por suerte el agua salada no había entrado dentro), y los repartió como premios. Había exactamente un confite para cada uno de ellos.

Pero ella también debe tener un premio dijo el Ratón.

Claro que sí aprobó el Dodo con gravedad, y, dirigiéndose a Alicia, preguntó: ¿Qué más tienes en el bolsillo?
Sólo un dedal dijo Alicia.
Venga el dedal dijo el Dodo.

Y entonces todos la rodearon una vez más, mientras el Dodo le ofrecía solemnemente el dedal con las palabras:
Os rogamos que aceptéis este elegante dedal.
Y después de este cortísimo discurso, todos aplaudieron con entusiasmo.

Alicia pensó que todo esto era muy absurdo, pero los demás parecían tomarlo tan en serio que no se atrevió a reír, y, como tampoco se le ocurría nada que decir, se limitó a hacer una reverencia, y a coger el dedal, con el aire más solemne que pudo.

Había llegado el momento de comerse los confites, lo que provocó bastante ruido y confusión, pues los pájaros grandes se quejaban de que sabían a poco, y los pájaros pequeños se atragantaban y había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, por fin terminaron con los confites, y de nuevo se sentaron en círculo, y pidieron al Ratón que les contara otra historia.

Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas? dijo Alicia. Y por qué odias a los... G. y a los P. añadió en un susurro, sin atreverse a nombrar a los gatos y a los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de nuevo.

¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste! exclamó el Ratón, dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro.

Desde luego, arrastras una cola larguísima dijo Alicia, mientras echaba una mirada

admirativa a la cola del Ratón, pero ¿por qué dices que es triste?

Y tan convencida estaba Alicia de que el Ratón se refería a su cola, que, cuando él empezó a hablar, la historia que contó tomó en la imaginación de Alicia una forma así:

Dijo el gato

al ratón: “Ven

aquí al tribu-

nal que

hay una

acusación

de carácter

legal. Apro-

vecha, que

yo hoy te

puedo aten-

der, pues

resulta

que no

tengo

nada
que ha-

cer”. Y

el ratón

“ah, sin

juez”,

contes-

tó, “ni

fiscal”

“no lo

entien-

do yo,

pues no

es un

juicio

final”.

“Tan

injus-

to no

es”.

dijo

enton-

ces el

gato

“pues

con juez

o sin

juez

mori-

rás en

un ra-

to”.

¡No me estás escuchando! protestó el Ratón, dirigiéndose a Alicia.

¿Dónde tienes la cabeza?

Por favor, no te enfades dijo Alicia con suavidad. Si no me equivoco, ibas ya por la quinta vuelta.
--¡Nada de eso!
chilló el Ratón. ¿De qué vueltas hablas? ¡Te estás burlando de mí y sólo dices tonterías!

Y el Ratón se levantó y se fue muy enfadado.
¡Ha sido sin querer! exclamó la pobre Alicia. ¡Pero tú te enfadas con tanta facilidad!
El Ratón sólo respondió con un gruñido, mientras seguía alejándose.
¡Vuelve, por favor, y termina tu historia! gritó Alicia tras él.
Y los otros animales se unieron a ella y gritaron a coro:
¡Sí, vuelve, por favor!
Pero el Ratón movió impaciente la cabeza y apresuró el paso.

¡Qué lástima que no se haya querido quedar! -suspiró el Loro, cuando el Ratón se hubo perdido de vista.
Y una vieja Cangreja aprovechó la ocasión para decirle a su hija:
¡Ah, cariño! ¡Que te sirva de lección para no dejarte arrastrar nunca por tu mal genio!
¡Calla esa boca, mamá! -protestó con aspereza la Cangrejita. ¡Eres capaz de acabar con la paciencia de una ostra!

¡Ojalá estuviera aquí Dina con nosotros! dijo Alicia en voz alta, pero sin dirigirse a nadie en particular.
¡Ella sí que nos traería al Ratón en un santiamén!
¡Y quién es Dina, si se me permite la pregunta? quiso saber el Loro.

Alicia contestó con entusiasmo, porque siempre estaba dispuesta a hablar de su amiga

favorita:

Dina es nuestra gata. ¡Y no podéis imaginar lo lista que es para cazar ratones! ¡Una maravilla! ¡Y me gustaría que la vierais correr tras los pájaros!

¡Se zampa un pajarito en un abrir y cerrar de ojos!

Estupor causaron estas palabras entre el auditorio, te imaginarás. Hubo múltiples reacciones, pero mayormente de desagrado. Y los animales que iban exponiendo sus justificaciones para irse, hablaban tan bajo que, hacia el final de sus expresiones, las letras de las palabras parecían superponerse unas con otras. Te pido que intentes, lector ejemplar, comprender cuáles fueron las últimas palabras de sus enunciados:

La urraca se acurrucó entre sus plumas y se fue a su casa, diciendo que le dolía la… naragtag.

Un canario reunió a sus pequeños y les dijo que era hora de estar en la… amca.

La cangreja dijo que necesitaba descansar, mañana haría ejercicio por la… amanña.

Y así, con distintos pretextos (espero que hayas podido completar los tres con las palabras que descifraste), todos se fueron de allí, y en unos segundos Alicia se encontró completamente sola.

¡Ojalá no hubiera hablado de Dina! se dijo en tono melancólico. ¡Aquí abajo, mi gata no parece gustarle a nadie, y sin embargo estoy bien segura de que es la mejor gata del mundo! ¡Ay, mi Dina, mi querida Dina! ¡Me pregunto si volveré a verte alguna vez!

Y la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y muy deprimida. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un ruidito de pisadas a lo lejos y levantó la vista esperanzada, pensando que a lo mejor el Ratón había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su historia.

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