viernes, 25 de noviembre de 2011

ariel y el charco de lágrimas

¡Curiosísisimo y curiosísisimo! – exclamó Alicia en perfecto español. Mientras se estiraba como un spaghetti, saludó a sus pies –que estaban cada vez más lejos de su cabeza- y les prometió un par de botas para Navidad. Con un tono epistolar indicaba la dirección postal de de sus pies, cuando se chocó la cabeza con el techo de la sala. Luego, comenzó a llorar hasta que a su alrededor se armó un charco de lágrimas. Un momento después pasó el Conejo Blanco, muy ataviado, quejándose de la Duquesa. Alicia quiso hablarle, pero él se asustó y se alejó rápidamente, dejando caer el par de guantes y el abanico. Ella los agarró y empezó a hablar sola, desconcertada de si misma, más de lo que uno suele creer. Como todos sabemos, por usar el abanico empezó a encogerse, pero ella –que seguía muy desorientada tratando de comprobar quién era- no se dio cuenta hasta que notó que se había puesto los guantes del conejo.

Cuando dijo: “¡Estoy tan, tan cansada de estar aquí completamente sola!”, estuve tentado de responderle: “yo también”, pero tenía que esperar que se achicara más para que tengamos una altura más o menos acorde y, para eso, aun le faltaba encogerse un poco- mucho, diría yo, porque, confieso que a mi también me parecía todo bastante raro y, de a momentos, también dudaba de qué estaba haciendo ahí: si una observación tensa, una mamografía literaria, una reescritura para un escribano de la SIDE, un curso de cama-trapecio o un simple torniquete para el esguince de la esfinge. “Qué cosas estoy diciendo, debo concentrarme”, pensé cuando el agua –o mejor dicho, las lágrimas de Alicia- me llegaron al cuello. Ella ya estaba tan chiquita como mi sobrina de once años y quizá por eso me dio mucha angustia verla decir que de castigo se iba ahogar en sus propias lágrimas. Hice un esfuerzo por no llorar, especialmente porque si encima de ella me ponía a llorar yo, con lo llorón que soy, iba a haber castigo para varios. “¡Será una cosa extraña, sin duda! De cualquier manera, todo es extrañó hoy”, añadió

En ese momento, me oyó chapotear cerca suyo. Yo me dirigía a ella, atento a que de un momento a otro apareciera el Sr. Ratón. De pronto, me miró y para espanto mío me dijo:

- ¡Oh, Ratón! ¿Sabe cómo salir de este charco? ¡Estoy muy cansada de nadar aquí, oh, ratón!

La debo haber mirado en forma inquisidora. ¿Cómo que se dirigió a mí como si yo fuera el Sr. Ratón? Cuando me preguntó en francés dónde está su gata, me provocó un terror tal que me hice pis encima. Por suerte, en el charco de lágrimas mucho no se notó. Ella percibió mi horror, pero lo relacionó con que los ratones les tenemos miedo a los gatos.

¿Tenemos? ¿Los ratones? Estoy un poco confundido. O no. No sé. No sé si por terror a los gatos, si por haberme transformado en ratón o por no querer alterar cierto orden universal es que colérico y con una voz muy maricona le respondí:

-¡Qué no me gustan los gatos! ¿Te gustarían a ti si fueras yo?

Ella, muy conciliadora, se disculpó y me empezó a hablar de su gata Dinah, pero yo estaba trastornado con ser un ratón. No podía aceptarlo así que le contesté temblando:

- ¡Claro, no hablemos! ¡Como si yo hubiera hablado de algo semejante! ¡Mi familia siempre odió a los gatos! ¡Sucios, ruines, vulgares! ¡No me obligues a oír esa palabra otra vez!

- ¡No lo haré, se lo prometo! ¡A usted… a usted le gustan… los… los perros?– dijo Alicia, agitada por la marea.

Yo no contesté. Me había abstraído pensando en mi familia que realmente nunca quizo a los gatos, apenas un perro y fue todo un tema. Yo tampoco tenía mucha onda con los gatos aunque había sido cariñoso con mucho de ellos, pero otros, los callejeros por ejemplo, me parecían asquerosos. En cambio, los ratones me parecían todos asquerosos y repugnantes, sin distinción ni prejuicios. Después pensé en si los que realmente me daban asco eran los ratones o mejor dicho las ratas, porque los hámsters y los coballos siempre me había gustado, inclusive había tenido algunos en casa.

En fin, no entendía nada de lo que estaba pasando. Siempre metiéndome en quilombos solito solito. El cuatrimestre pasado casi me viola una anciana con alas de mosca y ahora esto. Yo pensaba que la reescritura era como una observación densa. De hecho, en clase dije que iba a hacer el capítulo dos, pero pensando en los sucesos del tres. Me di cuenta de esto justo antes de encarar el asunto. Encima, cuando me fijo en el mail, me encuentro con que el capitulo tres ya había sido elegido por Virginia. Así que me mandé directamente al capítulo dos. Pero me había transformado en un ratón y eso no estaba en los planes.

Mientras reflexionaba estas cosas, Alicia seguía hablando. Tenía la naturalidad de cualquier niña y yo, ni siquiera puedo convertirme en ratón sin dejar de pensar en mi psicóloga. Alicia le hablaba a un ratón, sin ningún problema y la verdad me daba bronca darme cuenta que cuando preveía que iba a tener que cruzarme a un ratón grande como una nena, me dio una cosita en el estómago. Si esto fuera una observación densa van a pensar que soy un nazi. Las profesoras Sardi y Bibbó, me hubieran… tirado veneno anti-ratas. ¡Pero ahora el ratón-tamaño-nena soy yo!

Alicia seguía hablándome, ahora lo hacía de su perro terrier de ojos brillantes y un largo pelaje marrón. De pronto me dejé llevar por su voz. ¡Loco, estaba escuchando a la mismísima Alicia! Me dio un cosquilleo y mucho orgullo. Los críticos literarios se morirían de envidia, pensé, y el profesorado está más cerca del país de las maravillas que de la Sra. Moreau de Justo. Voy a proponer en el centro de estudiantes y a las autoridades que le cambiemos el nombre. Esto último me pareció un disparate y me dije que no debía fumar más antes de hacer los trabajos del profesorado. Pero, para ser franco, daba gusto estar en el país de las Maravillas. Aunque sea transformado en Sr. Ratón.

Estos pensamientos comenzaron a tener un efecto vigorizante, empecé a nadar como Esther Willians y decidí que después del viernes, que termina el cuatrimestre, voy a empezar natación de una buena vez. De pronto, noté que me había alejado demasiado de Alicia que, acongojada, me llamó suavemente. La pobre estaba apenada, pensando que me había herido con el asunto de los gatos y los perros. Me dio mucha ternura y me acordé de la nena que el domingo, mientras hacia unas fotos en una plaza, disfrazado de arlequín, se acercó con su mamá, totalmente convencida de que era Peter Pan, y me pidió un beso.

Entonces, cuando Alicia me pidió que vuelva, que ya no hablaríamos más de gatos ni de perros, comencé a nadar nuevamente hacia ella, entre otros animales que también habían caído al lacrimógeno charco. Me acerqué y ya no solo disfrutando de ser un ratón sino también y especialmente, de ser el Sr. Ratón de Alicia en el País de las Maravillas, pálido de vértigo y con la voz temblorosa de emoción, miré a Alicia a los ojos y le dije en voz baja:

- Vayamos a la orilla y te contaré mi historia, y comprenderás porque es que odio a los gatos y a los perros.

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