Tenía todo listo. Faltaba que Marcos pasara a llevarse los libros, pero se atrasó, lo suficiente para empezar a llenarme de culpa. No pude hacerlo cuando la miré a los ojos.
La ansiedad me consumía. Habían pasado 72 horas de aquella partida y estaba seguro que esa noche me esperaba una escalera real. Sin dudar, tomé la decisión; durante la siesta, bajé a la baulera y me traje las cajas, que escondí en el incinerador hasta que Marcos pasara. El pedido era puntual: literatura de fines de los 70 y principios de los 80. Estaban tal cual ella las había cerrado cuando compramos el departamento, con el uno a uno.
Eran los libros de su carrera, que ya había terminado varios años antes de mudarnos. Creía esos libros guardados junto a su memoria… Porque en el 2001, no sólo los ahorros quedaron en el corralito, su cabeza también. Pero no pude reventar los libros, cuando la miré a los ojos y vi que miraban la nada... como siempre, pero también me pareció que me miraban a mi, así que no pude. Entonces le hice creer que los había encontrado, por casualidad, en el incinerador; y pueden creer qué ella un poco los reconoció.
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